La gata obesa tanteó la barandilla. Arriesgando su suave pelaje y la vida que contenía encaminó el ekilibrio hasta el balcón de la Señora Angustias.
Dentro de la casa de la anciana Angustias todo era revolución. Únicamente Remedios permanecía quieta en el rincón de la habitación con la mirada clavada en los nudillos de sarmiento que sostenían el rosario de cuentas de plástico con la rigidez que sólo da la muerte.
La madre de Remedios volaba con aturdidos movimientos echando a una bolsa gigante de basura algunas telas o medicamentos y dejando apiladitas en una caja de cartón marcos de fotos, el relojito de la mesilla, algún peinador de dibujos de los ochenta ...
Soledad encomendaba un "esto sí " y con aspavientos rechazaba con un "esto no" de esquina a esquina de la habitación.
Como si la señora Angustias estuviera dormida, todos los que pululaban por el piso lo hacían en susurros.
La gata recibió una patada en su panza por coincidir con el escalofrío de Herminia al rozarse contra sus tobillos.
- Remedios, - dijo después de chutar a puerta con el minino- pon agua a calentar. - Remedios!!!!! - deshizo el susurro familiar para llamar a su hija que sacó arrastrando los pies repartiendo de nuevo el siseo hacia la cocina.
Por eso Remedios no supo cómo fueron a parar aquellos dientes de oro a la cajita que le entregó esa misma tarde su madre al señor de la tienda de empeños.
Remedios escuchando el hervir del agua no oyó el dedo crujir al sacar el anillo.
Remedios acariciando a la gorda felina no vió los colmillos de avaricia.
Remedios sirvió tilas para su mamá y su tita que se secaron nerviosamente las manos con la toalla del tocador.
Para foto de familia, la gata de la vecina en la cama de Angustias.
Para terror, el crujir de la realidad...
Para los sustos Remedios.
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